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Cine y Series RESEÑA-ANÁLISIS

"El Marginal 4": Hasta que el cuerpo (y la cabeza) aguante

A casi una semana del estreno, y tras confirmarse la quinta temporada, repasamos lo que nos dejaron los últimos ocho episodios, claramente, con Spoilers, pero no tantos.

"El Marginal 4": todo lo que nos dejó la cuarta temporada(Foto: Gentileza de prensa Netflix)

"El Marginal 4": todo lo que nos dejó la cuarta temporada | Foto: Gentileza de prensa Netflix

Por: Antonella Morello

Hay que tener estómago pero también corazón para ver "El Marginal". Porque aunque llegada la cuarta temporada bien se podría decir que no hay nada nuevo bajo el sol, más bien dentro del penal en el que transcurra la serie, sus creadores siempre se las ingenian para darle alguna vueltita de tuerca y así conseguir mayor impacto posible y continuar revolviendo un par de tripas de ambos lados de la pantalla. El famoso voltaje de escenas que propone aumentar la violencia con el paso de los episodios.

Desde su estreno, se colocó en el Top 10 global de TV de habla no inglesa de la última semana, ocupando el puesto número 2 con 21.7 millones de horas vistas. Mientras que en sus primeros días, se ubicó en el Top 10 de Netflix de TV de Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia y Paraguay; de acuerdo a los datos de la plataforma.

Ya nos había avisado Pastor (la vuelta de Juan Minujín al personaje, ahora también como productor), o más bien ya Miguel Palacios, al final de la tercera temporada: —Bienvenidos a Puente Viejo, bienvenidos al infierno. Concepto que la 4 nos quiere dejar de arranque con un primer capítulo que dura más de una hora y que es insoportable en el nivel de crudeza de sus escenas.

Detengámonos por partes. Después de dos temporadas que fueron precuelas de la primera -cronológicamente va la temporada 2, después la 3 y finalmente la 1 y 4- los episodios recientemente llegados a Netflix debían comenzar a unir los eslabones sueltos que se dejaron allá por 2016.

Detrás de escena de "El Marginal" | Foto: Gentileza Netflix

Así, este episodio 1 comienza a encargarse de contar cómo Miguel/Pastor termina en el mismo penal (otra vez) que los Borges, después de intentar asesinarse mutuamente con Diosito (Nicolás Furtado). Desde la fuga de San Onofre, el ex policía condenado por homicidio, ejecuta un plan fallido de escape con Emma Molinari (Martina Gusmán), y los dos niños: Mica, la bebé de ella, y Lucas, el hijo de él de su anterior relación con Silvia (personaje de Julieta Zylberberg, que también regresa y que dejó la familia y se internó en un centro de rehabilitación); pero es detenido con un enorme despliegue de oficiales, escena que nos pone ante la magnitud de una producción de Netflix (que a diferencia de sus anteriores, colabora en el armado), y con ello de lo notable en ese nivel de efectos y escenas de acción que es esta nueva entrega. Y acto consecuente: cadena perpetua y nueva prisión.

En Puente Viejo las cosas no parecen ser muy distintas a San Onofre pero sí llevadas al extremo. En palabras del mísmisimo Mario (Claudio Rissi): —Esto van a ser 20 San Onofre. La prematura llegada de Pastor no cae bien desde ningún frente: para la policía es un desertor, para los internos es "rati", para César (Abel Ayala) -que también fue a parar allí, junto con Arnold (Emanuel García), aún con riesgo de que las heridas de bala que le dejó Borges se le reavivan-, un traidor. A excepción de Brian (Ignacio Quesada), un joven también recién llegado, a quien Miguel protege la primera noche, cuando un par de internos lo secuestran para abusar de él. El precio: pasar un mes en el "buzón" y otra serie de castigos físicos, de los que logra evadirse entrando en un nuevo consumo.

Rodolfo Ranni como Benito Galván | Foto: Gentileza Netflix

Como dije, las cosas en Puente Viejo no son muy diferentes. El Borges de Antín (Gerardo Romano), quien ahora es Secretario de la Nación, es Coco (Luis Luque), el interno VIP del penal y quien opera junto a su familia: compuesta por su yerno, Bardo (Ariel Staltari), sus hijos Enzo y Caspa, y las novias de ambos, Cielo y Alelí. Sin embargo, la principal diferencia es Benito Galván (Rodolfo Ranni), el director del establecimiento penitenciario federal, ex médico, y dentro del penal, un dictador, con todo lo que eso conlleva: somete a los internos a todo tipo de represalias físicas para mantener la fachada de la disciplina.

En el sentido de las historias de los personajes, si bien hay recurrencias (como lo rápido que se acomodan los Borges y sus negociados), cabe destacar que están bien retomados los hilos: la reaparición de Silvia en la vida de Miguel, Capese como la mano derecha de Antín, un Diosito que no termina de cerrar sus sentimientos por Pastor, Gladys (Ana Garibaldi) comprando un chalet, Antín huyendo con el dinero y buscando cómo acomodarse después de que el partido político en el que se afilió perdiera las elecciones.

En esta cuarta temporada, dirigida por Alejandro Ciancio y Mariano Ardanáz, con guión de Cancio junto a Omar Quiroga, Nicolás Marina, Andrés Pascaner; no sólo confluyen los caminos de los personajes sino que el de todos va para un lado diferente, o casi. Mientras que los Borges irán por su clásico modus operandi -como en la temporada 2 con el Sapo de Roly Serrano- para destronar a Coco; Pastor se enfoca más bien en sobrevivir por la suya, y Arnold le insiste a César para ejecutar su venganza. Sin embargo, los planes no salen precisamente como se idean, ¿no?

Crimen y Castigo

Y así fue con el paso de las temporadas: en la primera, el dedo en la comida, la violación, y ver que los Borges fueron capaces de provocar un incendio con todos los internos dentro porque como le dijo Mario a Diosito así —descartábamos la basura cuando era pibe—; en la segunda, el Sapo se encargó de dar bastante impresión, y la tercera tuvo lo suyo, el cierre del primer capítulo es bastante fuerte, al punto de preguntarse hasta dónde es capaz de aguantar un ser humano. 

Abel Ayala como César | Foto: Gentileza Netflix

Lo que le falta de desarrollo argumental (ya que se torna bastante cíclica: los Borges buscan acomodarse en el penal, Pastor escaparse y la Sub 21 desintegrada, nunca tiene suerte), lo busca compensar en impacto visual, en lo atormentadas de sus imágenes bien acompañadas por una excelente puesta de arte (como lo es la recreación de Puente Viejo, la primera temporada que no se graba en la ex Cárcel de Caceros) y una producción notable como todo lo que viene de Netflix. Pero también, busca compensarlo con una brutalidad llevada al extremo, porque va más allá de simplemente desromantizar lo que se vive dentro de los penales. Y digo "llevada al extremo", porque si no estremece, no impacta, y si no impacta pareciera que no se llega a las audiencias. ¿Entonces lo atractivo se vuelve el morbo y cuanto más oscura se puede volver mientras sigan pasando las temporadas? Es una pregunta que me hago.

El Marginal 4

Porque si bien una sabe, cuando se está reproduciendo el episodio, que está viendo una ficción, no deja de pasarte por la cabeza: ¿cuánto de lo que nos muestran pasa en las cárceles en Argentina? ¿y por qué seguimos mirando y hasta expectantes al estreno?

El hombre a través de la oscuridad hasta ver la luz es uno de los temas centrales de esta temporada, a su vez atravesada por uno de los textos más importantes de la literatura: La Divina Comedia, de Dante Alighieri, para reflexionar sobre el paso de los hombres por la vida a través de diversos estadíos, buscando el final del túnel. Metáfora más bien literal si recordamos las anotaciones de un ex preso que encuentra Pastor y cómo quiere ejecutar el plan de escape. Más aún, teniendo presente que la cárcel fue construída sobre los cimientos de un viejo puente, como la paradoja en la que Brian repara.

"Los que estamos acá son los más chicos, los grandes siempre salen ganando", dice un pasaje de la obra de Dante, que no sólo refleja la desigualdad sobre los delincuentes de traje y los de barrio, sino a su vez la estructura de Puente Viejo. Si nos fijamos, la cárcel está construida en forma de edificio, con balcones internos. Cuanto más arriba, mejor. Cuánto más abajo, más oscuro es el abismo.

Puente Viejo | Foto: Gentileza Netflix

Ahí entra cuan escatológica es esta cuarta temporada recurriendo al un tanto infalible cliche del bien y del mal, de la luz y las sombras. La fe opera como capacidad de subsistir pero a la vez como el retorcido código que manejan los homicidas más grandes de la historia. Basta recordar los vínculos de los Militares con la Iglesia en la Dictadura, y hasta el jefe del Clan, Arquímedes Puccio, rezaba antes de cenar teniendo rehenes encerrados en el otro cuarto.

Pensemos en el director Galván, que no por nada se llama Benito sino como Mussolini, ni por menos los presos lo llaman Mengueche, por Josef Mengele, el doctor que torturaba y experimentaba "en nombre de la ciencia". —Lo que no se ataja a tiempo crece torcido— le dice el ex médico (otra coincidencia con el nazi) usando los dientes de Diosito como referencia.

En otra medida, Coco desarrolla un sustancioso delirio místico -reza antes de cenar y crucifica a sus víctimas- mientras que Bardo tiene a su San Sebastián, protector de las almas que creen clandestinamente, de quienes no esconden su fe, de las almas que resisten al dolor, y hasta hay quienes dicen que fue tomado por la comunidad LGBTQI+, por la representación de su figura desnuda, desde el Renacimiento.

San Sebastián en "El Marginal" | Foto: Netflix

Además, esta es la primera temporada que muestra a un cura carcelario, el Padre Ramón (Ernesto Larrese), una de las tantas vocaciones de servicio del clero. Sin embargo, otra de las líneas que deja picando un diálogo con Galván es si el sacerdote está ahí y calla las atrocidades del director del penal, porque él también calla las suyas, ¿abusos en la Iglesia, tal vez?

En cuanto al infierno -que nos quedó desde el principio por retomar-, además de ser un sitio intransitable, es castigo, el destino de las almas errantes, o como dice el colombiano James (Daniel Pacheco Bautista), de la "escoria social". Un término recontra asociado a la clase económica, además de las atrocidades que cometen, claro. Y a esto apunta la serie con el personaje de Ranni, un perverso en toda su estructura anatómica.

—Cogés o te cogen—, acotaría Borges, como su lema de supervivencia y frase que le dice a Diosito recién llegados a San Onofre. Y es que las violaciones, físicas y de derechos humanos, son otro gran tema en esta temporada, que una vez más nos dejan pensando si ¿deberían existir las cárceles? ¿Hasta que condiciones es humano vivir? ¿Dónde arrancan los derechos y garantías?

Y en ese reducir a lo más bestial y primitivo al ser humano hasta despojarlo de su ropa, justamente una de las condiciones más sociales y culturales que lo vuelven hombre en su dignidad e integridad, es que se plantea una animalizacion de los personajes. Puertas adentro: ¿cuantos de ellos parecen personas? Civilización y barbarie, diría Sarmiento.

"Encierro un perro que suelto para vivir"

Del otro lado del patio, de los privilegios, de los Borges, esta un Cesar muy lastimado por el incendio en San Onofre. Un pibe que se quiere rescatar, terminar el secundario, funciona como el único personaje que lleva a deconstruir que ningún pibe nace chorro y a pensar si existe alguna posibilidad de futuro posible para los internos. Y de esa manera, el único personaje capaz de brindar una esperanza dentro de tanta brutalidad. Hasta de ¿enamorarse? bueno en esa también está Pastor, pero principalmente Bardo.

—Si te da la nafta para amarme, te tiene que dar la nafta para poner el pecho; cuando uno ama de verdad se la juega por el otro, aunque te vaya la vida—, dice el personaje de Staltari, de quien celebro, se haya corrido de lo que estamos acostumbrados a verlo.

Ariel Staltari como Bardo | Foto: Netflix

Uno que manifiesta ese sentirse atrapado más allá de estar en la cárcel, porque en la sociedad hay otras cárceles, y la marginación se da en cuanto sentís que se te puede apartar. Y es con todo ese miedo, pero a la vez encarnando al típico que violenta porque es parte de su propia represión, que Bardo vive con deseo. Una cualidad que lo resalta/distingue del resto de los personajes.

En ese mundo de machos que se insultan y provocan al calificativo de "putito", es interesante y necesario ver las proximidades, y el interés sexoafectivo de hombres con hombres. Como lo que siente Diosito por Pastor, línea argumental bien planteada en la brillante primera temporada, que ahora continúan.

La ternura que genera Diosito es otro de esos quiebres a tanta violencia: logrando que podamos ver a un chico conviviendo en el cuerpo de un sujeto altamente perturbable. Son esos grises lo que humaniza a los personajes, ¿pero si son "tipos malos"? Justamente. Si hasta el Ángel Robledo Puch llora. "El dolor se paga con dolor (...) y le garantiza al criminal su destino", escribió Luis Ortega (director de la peli y hermano de Sebastián Ortega, creador y productor de esta serie) en el prólogo del libro. Aplica perfectamente a "El Marginal".

La vulnerabilidad y el desnudo es otra línea argumental. Un hombre desnudo es un hombre expuesto, vulnerable. Y un hombre como tal, en este sistema hétero-patriarcal, no puede ser vulnerable ni vulnerado. En este sentido, ver desnudos masculinos en escena se celebra, una por esta razón, y otra para dejar de naturalizar representar únicamente en la pantalla los cuerpos femeninos, por la historia sexualización a la que estuvieron sometidos.

Justamente acá hay un tema: ¿quiénes son los fuertes y quiénes los débiles? ¿cuáles son los signos de debilidad o fortaleza? ¿de cuantas formas es capaz el ser humano de alcanzar los fondos más bajos (el quid de Los Miserables de Victor Hugo)? Lo dice Diosito: —Estoy cansado de vivir siempre cuidándome el culo—. —Es lo que nos toca, parce—, le contesta James.

El clan de Coco en "El Marginal 4" | Foto: Netflix

Esto nos lleva a otro de los temas-dilemas de la serie que es la familia. La otra institución (más allá del sistema penitenciario). Emma intenta sostener una familia, Coco no opera si no es con su familia, la máxima de Mario Borges (como la del Padrino) es la familia, empezamos a conocer algo de la familia de James, James junto a Barny son también familia, para César parte de su familia se fue con Pedrito Pedraza (Brian Buley), y Bardo se siente "cohartado de su libertad" manteniendo el vínculo con la madre de su hija.

Martina Gusmán y Juan Minujín en "El Marginal 4" | Foto: Gentileza Netflix


Hablemos de Emma cumpliendo un rol a lo Penélope, a la espera de la odisea del (anti)héroe. El rol de la trabajadora social parece reducirse a la que solamente funciona en la trama más que como apoyo emocional de Pastor, como la mujer en su rol de mujer: esperar y cuidar a sus hijos. Sin embargo, es también quien le da sentido a los motivos del ex policía, porque sin ella, sin aferrarse a una pena, no habría propósito para que siga intentando sobrevivir a una condena perpetua. Por otro lado, esta temporada, también explorará un pasado desconocido de ella, más sobre su padre y deja latente su destino para la ya confirmada quinta temporada.

Como otra opinión personal: celebro que lo hayan convocado nuevamente a Brian Buley aunque sea en cameos, dado a lo emblemático de su personaje, aparte que siempre aporta carisma a las escenas.

Para Diosito las cosas no van bien y sus estructuras se quiebran bastante, pero pienso que esto busca preparar al personaje para los nuevos episodios tal vez, manejando todo para que Mario salga del penal, teniendo su propia banda criminal (acá tira teoría) o directamente y lo más incomprobable, dejando todo para arrancar de cero.

Nicolás Furtado como Diosito en "El Marginal 4" | Foto: Gentileza Netflix

Una vez más "El Marginal" nos ofrece un buen potencial actoral de un producto argentino, tan célebre que hasta recolectó remakes en otras partes del mundo como "El recluso" en México. Y a estas alturas, pasados seis años desde que arrancó el proceso de creación de la ganadora del Martín Fierro de Oro (2017, que comenzó emitiéndose por la TV Pública), estoy en condiciones de decir que sus personajes se metieron entre los más queridos de las audiencias argentinas.

Y esa es parte de las razones de por qué seguimos mirando. Porque en esa oscuridad en la que están abandonados los personajes, no los dejamos solos y hasta (lejos de justificar ni juzgar) nos es posible encariñarnos.

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